Hay días en los que me despierto liviana, con el pecho abierto, y el café sabe a esperanza. Y hay otros —sin que pase nada grave, sin ninguna noticia— en los que todo pesa un poco más, las palabras ajenas rozan distinto y las lágrimas viven cerquita, detrás de los ojos. Durante años peleé con esos días. Me decía: ¿qué te pasa? No tienes motivos. Como si las emociones necesitaran permiso y justificación para moverse.
La imagen que me liberó me la regaló el mar. Crecí mirándolo: la misma playa nunca es la misma dos veces. Hay horas en que el agua se retira y deja la orilla ancha, silenciosa, llena de conchitas. Y horas en que sube, cubre todo y golpea con fuerza las piedras. Nadie le grita al mar que se calme. Nadie le exige que se quede siempre en marea alta o siempre en marea baja. Entendemos que así es su naturaleza. La pregunta que me cambió fue: ¿y si mi interior también funciona así?
Ninguna emoción se queda para siempre (ni la buena, ni la mala)
Llamé a esta certeza Tide Within —la marea interior—. Es la que da título a una de las piezas que más quiero de mi canal, y también a esta forma de mirarme: mis emociones suben, bajan, se recogen y vuelven, como el agua. La tristeza de esta mañana no es una sentencia; es una marea baja. La alegría de ayer tampoco era el estado definitivo; era marea alta. Las dos son reales. Las dos pasan.
Esto, que suena poético, es profundamente práctico. Cuando estás en marea baja y crees que así eres tú ahora, todo se vuelve amenaza: tomas decisiones desde el fondo, te juzgas con la medida del peor día. Pero si recuerdas que es una marea, cambia el trato contigo: no te exiges brillo en plena bajada, no firmas contratos emocionales eternos, no te defines por el agua retirada. Esperas. Respiras. Te cuidas mientras tanto.
Y en marea alta, la sabiduría es la otra cara de lo mismo: disfrutar sin aferrarse. Recibir la alegría como se recibe la orilla llena —con gratitud y sin la angustia de retenerla— te deja vivirla de verdad, en vez de pasarla vigilando cuándo se va.
Te lo digo con la honestidad de siempre: observar tus emociones como mareas es una práctica de autocuidado y de autoconocimiento, no medicina. No sustituye ningún tratamiento ni terapia, y no promete hacer desaparecer la tristeza, la ansiedad ni ningún proceso difícil. Lo que ofrece es un cambio de relación: de pelear con lo que sientes, a acompañarlo sabiendo que se mueve. Si tus mareas bajas se vuelven largas, profundas o te impiden vivir tu vida, eso ya no es para acompañarlo sola: busca ayuda profesional, que para eso está, y es un acto de valentía pedirla.
Tu práctica de hoy: el mapa de tu marea

Esta práctica se hace con papel y lápiz, en un cuaderno que puedas guardar. Toma unos diez minutos y no tiene respuestas correctas:
- Dibuja tu orilla. Traza una línea ondulada a lo largo de la página, como una ola vista de lado: con subidas y bajadas. Arriba escribe «marea alta» y abajo, «marea baja». Sin pensar en arte: es un mapa, no un dibujo.
- Ubica tu momento. Marca con un punto dónde sientes que está tu marea hoy. No dónde debería estar, ni dónde estaba la semana pasada. ¿Recogida? ¿Llena? ¿En pleno movimiento? Solo ubícala y mírala: ya hiciste lo más difícil, que es verte con honestidad.
- Nombra el agua. Junto al punto, escribe en dos o tres palabras qué emoción predomina: «cansancio quieto», «irritación», «calma rara», «ganas de llorar sin motivo». Nombrar la marea no la detiene, pero le quita el poder de lo difuso: lo que tiene nombre se puede acompañar.
- Pregunta qué necesita esta marea. La marea baja suele pedir descanso, silencio, menos exigencia. La alta pide compartir, crear, moverte. Escríbelo sin juzgar: «hoy mi marea necesita…» y completa la frase aunque la respuesta sea «no lo sé todavía».
- Elige un gesto mínimo. Un solo gesto acorde a tu respuesta: acostarte media hora antes, cancelar lo cancelable, llamar a esa persona, salir a caminar. Cierra el cuaderno con el gesto escrito. Volverás a este mapa otros días, y con el tiempo verás tu propio ritmo dibujado: ninguna de tus mareas dura para siempre.
Repite el mapa una vez por semana, el mismo día si puedes. No para controlarte, sino para conocerte: hay quien descubre que sus bajadas llegan tras semanas de exigencia, o que ciertas fechas mueven el agua. Ese conocimiento es una brújula que nadie te puede quitar.
No eres el clima: eres el océano
Me gusta recordármelo en los días bajos: las mareas pasan por mí, pero no me agotan. Debajo del movimiento de la superficie, hay una profundidad que permanece —mi historia, lo que amo, lo que he superado— y esa no se retira con ninguna bajada. Tú también tienes esa profundidad, aunque hoy el agua se haya ido lejos de la orilla.
Así que la próxima vez que amanezcas «sin motivos», no te pelees. Pregúntate en qué marea estás, cuídate según la respuesta, y deja que el agua haga lo que siempre hace: moverse. Volverá a subir. Siempre ha vuelto a subir.
Dos caminos para seguir navegando tu marea
Camino 1 — Si llegaste aquí por casualidad: deja que el sonido te acompañe un rato. En mi canal de YouTube comparto sesiones completas pensadas para distintos momentos interiores —busca la que le hable a tu marea de hoy, ponte cómoda y escucha sin hacer nada más. A veces, acompañar es suficiente.
Camino 2 — Si ya eres de la casa: suscríbete a mi canal y activa la campanita 🔔. Cada semana llega una pieza nueva: compañía sonora para tus subidas, tus bajadas y todo lo que se mueve en el medio.
Por Ruth Pérez Anselmi
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