Esta mañana hablábamos del perdón como acto de amor propio. Esta tarde quiero quedarme contigo en el lugar previo, en ese que casi nadie quiere mirar: el rencor mismo. Porque antes de soltar hay que reconocer qué es exactamente lo que llevamos encima. Y voy a decírtelo con la claridad de una amiga que ya estuvo ahí: lo que pasó, pasó una sola vez. Pero el rencor hace que pase mil veces. Cada vez que lo recuerdas con rabia, tu cuerpo lo vive como si estuviera ocurriendo otra vez: se tensa, se acelera, se cansa. El hecho fue uno; la carga es diaria.

El rencor tiene una lógica tramposa. Se presenta como protección —si sigo molesta, no me vuelve a pasar—, como justicia —alguien tiene que pagar este dolor— y hasta como memoria fiel: si lo suelto, es como si no hubiera importado. Cada una de esas frases suena razonable. Y cada una te cobra lo mismo: tu energía, tu sueño, tu capacidad de disfrutar lo que sí está bien en tu vida ahora. La otra persona, mientras tanto, muchas veces ni se entera. El rencor es un veneno que una se toma esperando que le haga efecto a otra.

El costo silencioso de cargar lo que ya pasó

Nadie nos enseña a hacer inventario del rencor, así que lo cargamos sin darnos cuenta de su peso real. Pésalo conmigo un momento. Está en las conversaciones que giran, una y otra vez, hacia la misma escena vieja. Está en la desconfianza automática hacia personas nuevas que no te han hecho nada, pero se parecen —en un gesto, en un tono— a quien sí te lo hizo. Está en esa parte de tu atención que nunca está del todo libre, porque una esquina de tu mente sigue vigilando el pasado.

Hay una imagen que me ayudó a verlo: el rencor es como llevar una piedra en la cartera. Al principio la metes «por si acaso», para acordarte, para defenderse una. Pasan los meses y ya no recuerdas haberla puesto, pero el hombro duele, la espalda se cansa, y un día revisas y ahí está: pesada, inútil, ocupando el espacio donde podrían ir cosas que sí te sirven. La piedra no le pesa a quien te la dio. Te pesa a ti, que la has cargado cada día desde entonces.

Quiero ser honesta también en esto: soltar el rencor no significa declarar que lo que pasó estuvo bien, ni reconciliarte con quien te hirió, ni siquiera perdonar todavía, si esa palabra aún te queda grande. Soltar es un paso anterior y muy concreto: es decidir que esa historia deja de ocupar el centro de tus días. Algunas heridas, además, necesitan más que decisión: necesitan trabajo acompañado, tiempo y a veces justicia real por los canales que correspondan. Nada de eso se contradice con soltar. Este artículo es acompañamiento para tu proceso, no un diagnóstico ni un sustituto de la ayuda profesional cuando la historia pesa más de lo que una puede cargar sola.

Y fíjate en una cosa que a mí me costó aceptar: muchas veces el rencor más pesado no es hacia otra persona, sino hacia una misma. ¿Cómo no lo vi venir? ¿Cómo permití eso? ¿Por qué no hablé, por qué no me fui antes? Ese autorreproche también es una piedra, y de las más filosas. Si al leer esto te reconoces ahí, quédate: la práctica de hoy sirve para los dos rencores, el de afuera y el de adentro.

Tu práctica de hoy: el inventario de la piedra

cuerpo-rencor-5pm-26-oct

Vamos a hacer visible el peso, porque lo que se ve se puede soltar. Toma tu cuaderno y unos quince minutos en un lugar tranquilo, preferiblemente al caer la tarde, como cierre de este día.

  1. Nombra la piedra. Escribe en una frase qué es lo que cargas: el hecho, la persona, la época. Sin desarrollar, solo nombrarlo: «Cargo la traición de… en el año…» o «Cargo no haberme ido a tiempo de…». Una piedra por práctica: si hay varias, hoy se trabaja una.
  2. Haz la lista del costo. Debajo, escribe todo lo que esa carga te ha costado hasta hoy: horas de sueño, conversaciones repetidas, desconfianza, alegrías interrumpidas, energía. Sé específica y sé honesta. Esta lista no es para culparte: es para que veas, en blanco y negro, que el precio lo has pagado tú.
  3. Escribe lo que la piedra «te promete». Pregúntate qué crees que ganas cargándola: ¿protección?, ¿justicia?, ¿no olvidar? Escríbelo sin juzgarlo. Luego pregúntate, con la misma honestidad: ¿de verdad me lo está dando? La mayoría de las veces descubrirás que la promesa nunca se cumplió, y que la piedra solo pesa.
  4. Declara la devolución. Escribe una frase de cierre con tus palabras, por ejemplo: «Esto pasó, dolió y no estuvo bien. A partir de hoy dejo de cargarlo todos los días. Lo dejo en el pasado, que es su sitio, y me quedo con lo que aprendí.» Léela en voz alta una vez. La voz también ayuda a soltar.
  5. Suéltala con el cuerpo. Cierra el cuaderno, ponte de pie y sacude suavemente brazos y manos, como quien se sacude el agua o el polvo. Respira hondo tres veces y, en cada exhalación, imagina el peso saliendo de tus hombros. Parece simple y lo es: el cuerpo entiende los gestos, y este le está enseñando uno nuevo.

Guarda la página del inventario. Si dentro de un mes la piedra intenta volver a tu cartera —y va a intentarlo—, relee la lista del costo: recordar cuánto pesa es la mejor manera de no volver a cargarla.

Lo que queda cuando sueltas no es vacío: es espacio

Te prometo algo que he comprobado en mi propia vida: cuando sueltas una piedra vieja, no queda un hueco triste. Queda espacio. Espacio mental para lo que estás construyendo ahora, espacio emocional para las personas que sí están, espacio en el cuerpo que se nota hasta en la respiración. La energía que el rencor consumía en vigilancia vuelve a ti, y vuelve convertida en ganas: de crear, de reír, de empezar.

No tienes que soltarlo todo hoy, ni para siempre de una vez. El rencor se desarma como se armó: por capas y con el tiempo. Pero hoy ya hiciste lo esencial: miraste la piedra, pesaste su costo y descubriste que no te protege de nada. Mañana será otro paso. El pasado ya pasó; que no se quede a vivir en tu presente.

Dos caminos para seguir aligerando el paso

Camino 1 — Si llegaste aquí por casualidad: esta semana estoy compartiendo música y palabras para sanar en paz, sin prisa. En mi canal de YouTube encontrarás sesiones completas para acompañar tus tardes de soltar: elige una, escúchala mientras cae el día y deja que el sonido te ayude a bajar los hombros.

Camino 2 — Si ya eres de la casa: suscríbete a mi canal y activa la campanita 🔔. El arco de sanación emocional continúa toda la semana, y cada pieza nueva es un escalón más en este proceso de ir más livianas. Te espero en la próxima.

Por Ruth Pérez Anselmi


🌿 ENCUENTRA TU ARMONÍA
📞 WhatsApp / Consultas

👉 ADQUIERE MI LIBRO EL REGRESO AL SILENCIO
Español | Inglés

👉 ESCUCHA EL AUDIO: EL REGRESO AL SILENCIO
Inicia tu viaje hacia la paz interior con mi guía terapéutica exclusiva.

📧 Correo Electrónico:
info@ruthperezanselmi.com

🌐 Atención Online y Presencial
Ofrezco un espacio seguro para tu sanación y crecimiento personal a través de la terapia y el poder del sonido.

✨ SÍGUEME Y VIVE LA EXPERIENCIA:
📸 Instagram: Inspiración y Bienestar
💙 Facebook: Comunidad de Sanación
🎵 TikTok: Micro-meditaciones y Consejos
🎥 YouTube: Sesiones Completas de Sonido


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *