La semana pasada saqué una caja de acuarelas que llevaba años guardada. No tenía ningún proyecto, ningún encargo, ninguna foto que quisiera copiar. Solo quería ver qué pasaba si mezclaba el azul con un poco de dorado y dejaba que el agua hiciera lo suyo. El resultado fue, siendo generosa, modesto: una mancha bonita en algunas partes, un pequeño desastre en otras. Y te juro que pocas cosas me han hecho tan feliz en meses. Nadie iba a verlo. No servía para nada. Era solo mío, solo porque sí.
Contarte esto me da un poco de vértigo, porque vivimos en una época que nos enseñó a convertir todo en contenido, en producto, en prueba de algo. Si cocinas rico, ¿por qué no vendes? Si escribes, ¿para cuándo el libro? Si tocas un instrumento, ¿dónde está tu canal? Y sin darnos cuenta, hasta el placer se nos volvió una tarea con métricas. Hoy quiero defender, contigo, una idea casi rebelde: hacer algo solo porque sí, sin mostrarlo, sin venderlo, sin que tenga que salir bien.
Cuando todo tiene que «servir», nada descansa
No me malinterpretes: amo mi trabajo, y crear la música que comparto contigo es una de las partes más hermosas de mi vida. Pero incluso lo que amamos cambia cuando entra en modo obligación permanente. La diferencia no está en la actividad —está en la presión. Pintar para entregar no es lo mismo que pintar para jugar. Cocinar para la foto no es lo mismo que cocinar saboreando. El cuerpo lo sabe: cuando hay juicio esperando al final, las manos se tensan distinto.
Crear sin presión devuelve algo que la adultez nos va quitando en cuotas: el juego. Las niñas no dibujan para exponer; dibujan porque la mano quiere moverse y el color está ahí. Esa parte tuya no desapareció —quedó tapada por años de «¿y esto para qué sirve?». Y fíjate qué curioso: las cosas que hacemos sin propósito suelen ser las que más nos devuelven a nosotras mismas. Sin público, sin estándar, vuelve tu voz sin editar: los colores que tú elegirías, las palabras que tú dirías, el ritmo que tu cuerpo pide.
También es un descanso para la autoexigencia. En un mundo donde todo se califica, tener un rincón donde nada se califica —donde un dibujo torcido es tan válido como uno hermoso, porque el punto nunca fue el dibujo— es un acto de cuidado profundo. No estás produciendo una obra: estás demostrándote que tu valor no depende de tu rendimiento.
Y te lo digo con la honestidad de siempre: crear por placer es una práctica de autocuidado, no medicina. No sustituye tratamientos ni terapias, y no te prometo que una tarde de acuarelas resuelva la ansiedad, el agotamiento o un duelo. Lo que sí sé, porque lo vivo, es que estos espacios sin exigencia ayudan a muchas de nosotras a respirar distinto, a recordar quiénes somos cuando nadie está mirando. Si sientes que ni lo que amabas te mueve ya, o que el vacío es constante, háblalo con un profesional: eso también es cuidarte, y de la forma más seria.
Tu práctica de hoy: veinte minutos de creación inútil

La palabra es esa, dicha con cariño: inútil. Nada de lo que hagas en estos veinte minutos tiene que servir, gustar ni conservarse. Elige una actividad —dibujar, escribir a mano, cantar, bordar, hacer una figura con masa, armar una torre con lo que haya— y sigue estas reglas del juego:
- Elige lo que te llama, no lo que se te da bien. Si siempre cocinas, hoy dibuja. Si siempre escribes, hoy mueve el cuerpo o canta. La torpeza es bienvenida: donde no tienes reputación que cuidar, hay libertad.
- Prepara un espacio pequeño y cierra la puerta a las métricas. Teléfono en otro cuarto o boca abajo, sin cámara lista. Nada de lo que salga se fotografía, se sube ni se muestra hoy. Este es el pacto central: nadie lo verá, ni siquiera «tu yo de las redes».
- Empieza por lo más tonto y simple. Una línea. Una palabra. Una nota. Tres acordes mal tocados. No esperes inspiración: empieza feo, empieza jugando. La inspiración, cuando ve que no la están persiguiendo, suele asomarse sola.
- Cuando aparezca el juez interno, respóndele con la frase del ritual. Va a aparecer: «esto está horrible», «qué pérdida de tiempo». Respóndele, en voz alta si puedes: «no tiene que salir bien; tiene que salir mío». Y sigue. No gana quien lo ahuyenta: gana quien sigue creando con él hablando bajito al fondo.
- Cierra con un destino libre. Al terminar, decide sin drama qué hacer con lo creado: guardarlo en un cajón, regalarlo, romperlo, dejarlo en la mesa hasta mañana. Todas las opciones valen porque ninguna era el punto. Lávate las manos, respira, vuelve a tu día llevando contigo la prueba: sabes estar contigo sin exigirte.
Si te gusta, repítelo una vez por semana, sin convertirlo en obligación —la primera señal de que el ritual murió es que empiece a darte culpa saltártelo—. Esto no es otra tarea en tu lista: es el hueco sagrado donde tu lista no manda.
El placer también es un lugar donde habitas
Esta semana, el arco que venimos recorriendo habla del cuerpo como templo. Y un templo no es solo un lugar de silencio y reverencia: también es un lugar de celebración. Tu cuerpo no es una máquina de producir resultados; es la casa donde vive tu vida entera. Crear sin presión es abrir una ventana de esa casa y dejar que entre aire jugando.
Así que hoy te dejo esta invitación pequeña y enorme: haz una cosa —una sola— solo porque sí. Que nadie la vea. Que no sirva para nada. Que te devuelva, por veinte minutos, a la niña que se quitaba los zapatos y corría, sin preguntarse para qué.
Dos caminos para seguir creando sin prisa
Camino 1 — Si llegaste aquí por casualidad: quédate un rato en este ambiente sin exigencias. En mi canal de YouTube comparto sesiones de sonido completas que pueden ser el fondo perfecto para tu próxima creación inútil —pon una, saca tus colores o tu cuaderno, y deja que la música te acompañe sin pedirte nada a cambio.
Camino 2 — Si ya eres de la casa: suscríbete a mi canal y activa la campanita 🔔. Cada semana llega una pieza nueva, creada desde este mismo lugar: el placer de hacer algo con el alma, para acompañarte en los tuyos.
Por Ruth Pérez Anselmi
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