De niña, lo primero que hacía al llegar de la escuela era quitarme los zapatos. No lo pensaba: el cuerpo lo pedía. Corría al patio descalza, sentía el frío de la baldosa, después la tierra tibia, y algo en mí se acomodaba sin que yo supiera ponerle nombre. Con los años fui perdiendo esa costumbre. Me acostumbré a vivir siempre con una suela entre mis pies y el mundo, siempre un poco separada de todo, incluso de mí.
Volví a caminar descalza ya de adulta, una mañana en la que no podía dormir bien y la cabeza no paraba. Salí al patio antes de que el sol calentara demasiado, me quité las sandalias y caminé despacio. Te lo confieso: al principio me sentí rara, expuesta, casi avergonzada de algo tan simple. Al tercer paso, lloré un poquito. No de tristeza —de regreso. Como si una parte de mí que llevaba años esperando por fin hubiera llegado a casa.
Lo que pierdes cuando nunca tocas el suelo
Piensa en cuántas horas al día pasan tus pies encerrados: calcetines, zapatos, suelas gruesas, pisos lisos. Tus pies tienen miles de terminaciones nerviosas; fueron diseñados para leer el terreno, para decirte dónde estás parada en todos los sentidos. Cuando los aíslas por completo, pierdes una fuente de información —y de presencia— que tu cuerpo echa de menos aunque tu cabeza no lo note.
Caminar descalza no es una moda ni un rechazo a la comodidad. Es, para mí, un ritual de regreso: unos minutos en los que dejo de vivir solo en la mente y vuelvo a habitar mi cuerpo completo, empezando por abajo. La planta del pie contra la tierra, la hierba o la arena te obliga a ir despacio. No puedes correr sobre piedritas sin prestar atención. Y esa atención, obligada y dulce a la vez, es exactamente lo que la ansiedad nos quita.
También es un recordatorio de humildad. Descalza no hay personaje, no hay postura, no hay prisa que valga. Eres tú, tu peso real sobre la tierra real, sosteniéndote como siempre te ha sostenido, sin pedirte nada a cambio.
Quiero ser honesta contigo, como siempre: caminar descalza es una práctica de autocuidado, sencilla y cotidiana. No es medicina, no sustituye ningún tratamiento, no promete curar dolores, insomnio ni ansiedad. Hay personas a quienes les hace muy bien sentirse más presentes y conectadas; a otras les sirve simplemente como un respiro. Si tienes alguna condición en los pies, diabetes o una indicación médica de calzado permanente, respétala: este ritual se adapta a ti, nunca al revés.
Tu práctica descalza: un paseo de siete minutos

No necesitas un bosque ni una playa. Te sirve un patio, un jardín pequeño, un parque cercano o incluso el piso frío de tu casa si hoy no puedes salir. Hazla así, sin prisa:
- Elige tu suelo. Busca una superficie segura, sin vidrios ni objetos cortantes: hierba, tierra, arena o madera. Revisa el tramo con la vista antes de empezar. Seguridad primero, siempre.
- Quítate los zapatos y quédate quieta. Antes de caminar, permanece de pie unos treinta segundos. Siente el peso repartido entre los dos pies, la temperatura del suelo, la textura bajo cada planta. Respira profundo dos veces. Este momento de quietud marca la diferencia entre «andar sin zapatos» y un ritual.
- Camina a media velocidad de lo normal. Da pasos cortos y conscientes. Con cada paso, nota tres cosas: el talón que toca, la planta que se apoya, los dedos que empujan al despegar. Si tu mente se va a la lista de pendientes, vuelve a esas tres sensaciones. Ese ir y volver es la práctica.
- Cambia de textura si puedes. Si tu espacio lo permite, pasa de la hierba a la tierra, o de la sombra al sol. Cada cambio despierta la atención de nuevo y le recuerda a tu cuerpo que está vivo y percibiendo, no solo funcionando.
- Cierra agradeciendo. Detente, sacude suavemente los pies, vuelve a ponerte el calzado despacio. Elige una frase corta para terminar, en voz baja: «estoy aquí», «vuelvo a mí». Lo que te nazca. Repetirla cada día convierte el paseo en un ancla.
Siete minutos bastan. Si un día tienes solo dos, haz dos: el ritual no se mide en duración, se mide en regreso. Cada vez que vuelves descalza al suelo, tu cuerpo recuerda un camino que ya conocía desde niña.
Cuando el día no te deja ni respirar
Habrá semanas en las que ni siete minutos encuentres, y días en los que caminar descalza no alcance para el peso que cargas. Eso no significa que fallaste: significa que eres humana y que a veces necesitamos más apoyo. Si el malestar es constante, si afecta tu sueño, tu trabajo o tus vínculos, buscar acompañamiento profesional es un acto de amor propio, no de derrota. El autocuidado camina junto a la ayuda profesional; no la reemplaza.
Mientras tanto, quédate con esto: no necesitas irte lejos para volver a ti. A veces, volver es tan sencillo como quitarte los zapatos y recordar que la tierra sigue ahí, debajo de todo, esperándote sin apuro.
Dos caminos para seguir volviendo a ti
Camino 1 — Si llegaste aquí por casualidad: quédate un rato más con el sonido. En mi canal de YouTube comparto sesiones de sonido completas para acompañar momentos como este —pon una al terminar tu paseo descalzo, siéntate con un té y deja que la música prolongue esa sensación de regreso que acabas de crear con tus propios pies.
Camino 2 — Si ya eres de la casa: suscríbete a mi canal y activa la campanita 🔔. Cada semana llega una pieza nueva, pensada para acompañarte en estos rituales pequeños que, repetidos, cambian la forma en que habitas tus días.
Por Ruth Pérez Anselmi
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